Echinacea pallida
La equinácea pálida pertenece a las perennes de pradera más excepcionalmente atrayentes del continente norteamericano. Dentro de su hábitat natural crece en extensas llanuras soleadas, así que donde mejor se desarrolla en nuestro jardín es con sol directo y un suelo más seco y con buen drenaje. Basta con trasplantar directamente esta planta crecida al parterre y echará raíces de forma segura. Prescinde de tutores, aguanta las bajas temperaturas con holgura y sortea los problemas habituales de patologías e insectos, resultando ideal para los aficionados nóveles a la horticultura. A lo largo de junio y julio se lo agradecerá entregándole olorosas flores con pétalos excepcionalmente delgados y caídos en suaves tintes lilas y rosados. Los notorios centros espinados suponen textualmente un polo de atracción para abejas y abejorros, y la flor en sí resulta, curiosamente, apta para el consumo. Sobresaldrá primordialmente en parterres rústicos al lado de hierbas ornamentales. Tanto aficionados a la jardinería como floristas veneran su polivalencia. Los tallos lozanos dan encanto al florero casi una semana. Los considerables discos del núcleo ostentan además la propiedad de mantener de un modo formidable su fisonomía, resultan intachables para el secado de cara a adornos de invierno, o bien, si se conservan en el parterre bajo el manto níveo, depararán una asombrosa configuración invernal.
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